¿El Adolescente Jesús perdido en Jerusalén?
"Este año alcanzó él su plena estatura física. Era un hermoso joven viril, cada vez más serio y reservado, al mismo tiempo que compasivo y amable. Tenía una mirada dulce, pero inquisitiva; su sonrisa era siempre simpática y reconfortante; su voz, musical y al mismo tiempo fuerte y enérgica; su saludo, cordial, pero sin afectación. Siempre, incluso en los contactos más comunes, parecía traslucirse la esencia de una doble naturaleza: la humana y la divina. Siempre se trasmitía esa combinación de amigo cordial y de maestro autoritario. Y estos rasgos de personalidad comenzaron a manifestarse desde temprano, ya desde su adolescencia. Este joven físicamente robusto y fuerte también había adquirido el pleno desarrollo de su intelecto humano, aunque no la completa experiencia del pensamiento humano pero sí la plena capacidad para tal desarrollo del intelecto. Poseía un cuerpo sano y bien proporcionado, una mente aguda y analítica, una disposición de ánimo generosa y compasiva, un temperamento un tanto fluctuante pero acometedor, cualidades éstas que se estaban integrando en una personalidad fuerte, admirable y atractiva", Cf. La Vida y las enseñanzas de Jesús, W.Calvins Wilson, Cap., 127 - Pág., 1395. (1955).
¿Dios revistió el cuerpo de San José con un destello luminoso?
El Santo José, aunque no era muy viejo, pero cuando la Señora del mundo (La Madre de Dios) llegó a los treinta y tres años estaba ya muy quebrantado en las fuerzas del cuerpo, porque los cuidados y peregrinaciones y el continuo trabajo que había tenido para sustentar a su esposa y al Señor del mundo (Jesucristo Nuestro Señor) le habían debilitado más que la edad; y el mismo Señor, que le quería adelantar en el ejercicio de la paciencia y otras virtudes, dio lugar a que padeciese algunas enfermedades y dolores que le impedían mucho para el trabajo corporal.
Corrían ya ocho años que las enfermedades y dolencia del más que dichoso san José le ejercitaban, purificando cada día más su generoso espíritu en el crisol de la paciencia y del amor divino, y creciendo también los años con los accidentes se iban debilitando sus flacas fuerzas, desfalleciendo el cuerpo y acercándose al término inexcusable de la vida, en que se paga el común estipendio de la muerte que debemos todos los hijos de Adán.
La Santísima Virgen María supo con anterioridad, con esa rara sabiduría de fuentes divinas, de que se acercaba la muerte de su castísimo esposo. Ella fue ante su divino hijo Jesús para implorarle se dignara hacerle conocer a San José el premio que con seguridad tenía merecido en el cielo. Fue escuchada su intercesión y Jesús le prometió que así sería en atención a los méritos de santidad de su padre putativo y para agrado de Él, haría con él lo que jamás generación alguna haya recibido.
Faltando 9 días para la muerte del Santo patriarca San Jośe, Jesús y María lo acompañaban de día y de noche, sin jamás faltar alguno de ellos. Por mandado del Señor, tres veces al día descendían ángeles de cielo para tocar música y cantar loores a Dios. Además, se sintieron en esa casa olores de fragancias exquisitas que confortaban a San José y hacían la delicia de todos los que la sentían.
Faltando un día para su muerte, San José entró en un éxtasis tan sublime que le duro 24 horas, ayudando el Altísimo a mantener su vida. En él vio la esencia misma de la Divinidad, el misterio de la salvación y redención humana y de la iglesia militante, con todos los sacramentos que a ella pertenecen. La Santísima Trinidad le dio una misión particular inmediatamente después de su muerte: Sería llevado al Limbo de los Padres y allí permanecería hasta la redención, con la encomienda particular de evangelizar de nuevo su redención y cercanía del descenso de Nuestro Señor Jesucristo al limbo para liberarlos y conducirlos al cielo. La Santísima Virgen sabiéndolo todo por verlo en el alma de su hijo y en la suya dio gracias a Dios por tan grandes beneficios a su castísimo esposo.
Al despertar san José de su grandioso rapto, pidió la bendición a la Santísima Virgen, ella se la dio y pidió a su hijo bendito se la diese. Entonces ella de rodillas ante su esposo pidió su bendición como cabeza de familia, lo hizo así San José y se dirigió a ella con palabras tan encomiables y llenas de bendición por tan grandiosa criatura de Dios, deseando fuera siempre alabada como Madre Santísima de su divino Hijo.
San José se dirigió luego a Nuestro Señor y con profundo respeto, admiración y agradecimiento, quiso postrarse a sus pies para adorarlo. Pero, fallaron sus fuerzas y Nuestro Señor Jesús lo recibió en su brazos, oyendo de él magníficas alabanzas como creador y redentor suyo. Así expiró San José en sus brazos y su alma fue llevada al Limbo de los Padres o Seno de Abraham, allí vieron su alma purísima todos los justos que había creído en el verdadero Dios y se alegraron por la buenas nuevas que les transmitía, llenándose de gozo accidental en ese lugar donde residían.
La Santísima Virgen María procedió a vestir el cuerpo sin vida de su castísimo esposo, ella sola con ayuda de la multitud de ángeles que la asistían en forma humana. Para que nada faltase a de la pureza de la Reina, Dios revistió el cuerpo de San José con un destello luminoso que solo permitía observar su rostro. Entonces acudieron las gentes a ver el cuerpo radiante y fresco de San José, se admiraban de verlo tan hermoso y tratable como si fuera vivo. Con asistencia de parientes y amigos fue llevado el cuerpo de San José a la sepultura, siendo acompañado en cortejo fúnebre por multitud de ángeles y en especial por la Virgen María y el Redentor del mundo.
En la hora de la muerte de todo moribundo, Satanás y sus secuaces malignos están al acecho para tentarlo. Saben que es la última oportunidad que tienen para perder su alma y se lanzan con gran furia sobre él. Es cuando ponen en juego toda su astucia y conocimiento que tienen del moribundo para hacerlo caer y olvidarse de salvar su alma: al sensual lo tientan con el recuerdo de los placeres de la carne, al avariento con las riquezas acumuladas, al los que aman la vida los persuade de que no están en peligro de morir, a otros los confunde para que no descubran su conciencia llena de pecados, a otros los embaraza y retarda para que no declaren sus obligaciones ni descubran su conciencia; de todo costumbre viciosa y acto pecaminoso que hayan realizado se vale el maligno para dificultarles o imposibilitarles el remedio. El castísimo esposo de la virgen tuvo el privilegio de no ver ni sentir al demonio en la hora de la muerte, fue protegido por una virtud poderosa que les impidió acercarse y los ángeles los arrojaron al profundo infierno., Cf. Mística Ciudad de Dios, Vida de María, Sor María de Jesús de Agreda, Segunda parte, Libro V, Capítulos 14 y 15, Pags., 747 a 758.
¿Era imposible permanecer en Nazaret?
Hemos querido integrar esta interesante meditación del Presbítero Ignacio Larrañaga (1928 +2013), que nos acerca, al Jesús Joven. El mismo que muy seguramente, vio morir, a José de Nazaret, su padre nutricio quien velo por su santa persona, desde que nació en Belén. Era un Jesús más maduro y centrado en el Padre Celestial.
"Jesús era un muchacho normal, pero diferente. La intimidad era un árbol frutal, y cada otoño daba una sabrosa fruta: el amor. Y siempre era otoño. Y el amor era, en el cielo de este muchacho, como un arco iris que enlazaba todos los horizontes, porque el amor es eminentemente unitivo. El joven Jesús (¿diecisiete años?, ¿veinte años?) avanzaba de sol a sol, noche a noche, mar adentro, hacia las más remotas periferias del Señor Dios; y así, llegó un momento en el que la intimidad y el amor entablaron en el territorio del joven un duelo singular en el sentido de que cuanto más fuerte era la intimidad con Dios, mayor era el amor, y cuanto mayor era el amor, más fuerte era la intimidad, y así la velocidad interiorizante fue acelerándose progresivamente hasta devorar todas las distancias.
El amor nace de una mirada, es un momento de olvidarse. Crece con deseos de darse apoyado en la esperanza. Se consuma en el olvido total de un gozo recíproco. El verano fue cayendo sobre los huertos de Jesús. Las manzanas maduraron. Las colmenas se hinchieron de ternura y cariño. Al consumarse el duelo entre el amor y la intimidad, y al desaparecer las distancias, la confianza fue creciendo en el alma de Jesús como un esbelto terebinto cubriendo con su sombra todos los impulsos vitales del joven. El muchacho era todo apertura-confianza-ternura para con su Dios y Señor. ¡Oh, aquellas noches de Jesús en las montañas solitarias, cobijado en el manto envolvente de su Señor Dios en la proximidad más absoluta y en la presencia más absoluta también: había tantas estrellas en aquellas noches!...".
El muchacho (¿veinte?, ¿veintidós años?), con aquel temperamento tan sensible, con aquella predisposición tan fuerte para con Dios,, da un paso y otro paso más, experimenta progresivamente diferentes sensaciones y percibe cada vez más claramente que Dios no es exactamente el Temible ni el Inaccesible. Y así, llegó un momento en el que el joven comenzó a sentirse progresivamente como una playa inundada por una marea de ternura, procedente de las más remotas profundidades del mar. Diez mil mundos convergían sobre él amándolo, cobijándolo, asegurándolo, como si Dios fuese un océano dilatado y él navegando en sus aguas; como si el mundo fuese (¿qué?, ¿cuna?, ¿brazos?, ¿poderosas alas protectoras?), todo era seguridad, certeza, júbilo, libertad...
Y así, llegó a tener la sensación definitiva, inconfundible e inolvidable: la sensación de que el Señor Dios es como el Padre más querido y amante del mundo. «Oh Dios, tu amor toca el vértice del cielo y tu fidelidad las nubes del firmamento. Tu santidad se eleva más arriba que las altas cordilleras y tu sabiduría alcanza los abismos del mar. ¡Qué inapreciable es tu ternura, Dios mío! Tus hijos se cobijan bajo la sombra de tus alas, se alimentan de la dulzura de tus colmenas y se embriagan en el torrente de tus delicias.
En ti está la fuente de la vida y en tu luz, todo es luz» (Sal 35). En los años de la juventud de Jesús se produce, pues, la más revolucionaria de las transformaciones interiores de todos los tiempos. Jesús experimentó en su propia carne que el Padre no es primeramente Temor sino Amor; que el Padre no es ante todo Justicia sino Misericordia; que el Padre ni siquiera es primordialmente la Santidad, el tres-veces-Santo, como explica el profeta Isaías, sino que es ternura, perdón, cuidado, cariño... Y el joven Jesús llegó a la convicción de que el primer mandamiento ya no tenía vigencia, había caducado para siempre: de ahora en adelante el primer mandamiento consistirá en dejarse amar por el Padre.
Fue un nuevo mundo, mundo de sorpresa y éxtasis, de alegría y embriaguez, mundo «descubierto» y vivido por este joven normal y diferente, y que puede expresarse con estas palabras: Todo-es-Amor. Jesús se sintió vivamente amado y completamente liberado. El amor libera del temor. El que se siente amado, no conoce el miedo. El Padre tomó la iniciativa, se abrió y se entregó por entero a Jesús; Jesús correspondió, se abrió y se entregó por entero al Padre. Los dos se miraron hasta el fondo de sí mismos con una mirada de amor.
Esa mirada fue como un lago de aguas claras y profundas en que los dos se perdieron en un abrazo en el cual todo era común y todo era propio, todo lo recibían y todo lo daban, todo se comunicaba pero sin palabras... Fue algo tan inefable como cuando llegan melodías desde otros mundos. A la luz de esta experiencia, Jesús analiza su entorno cósmico, y encuentra que todo lo más hermoso del mundo como las primaveras, la infancia o la maternidad, en una palabra todo cuanto signifique amor y vida, no es otra cosa sino el desbordamiento de la vitalidad inagotable de aquel que, definitivamente, no es Padre sino paternidad, manantial inextinguible de toda vida y amor. Todo-es-amor. Todo es-gracia.
Dios ya tiene un nuevo nombre. De ahora en adelante ya no se llamará Yavé. Se llamará Padre porque está cerca, protege, cuida, comprende, perdona, se preocupa... De ahora en adelante, adorar no consistirá en cubrir los ojos y la cara con sus manos sino en abandonarse con confianza incondicional e infinita a las manos todopoderosas y cariñosas de aquel que, para siempre, es y se llamará nuestro querido Padre.
«Padre: Tú que vives en el amor y en la dicha mientras en la tierra aullan las tormentas y gimen las pasiones. Tú que dices que debo compartirlo todo, sintiendo plenamente el sufrimiento de tus hijos, muéstrame tu paz. Guíame hasta aquella zona más profunda donde el dolor no llega, donde brotan la palabra, la sonrisa y la paz, donde todo es alegría porque todo es alegría. ¡Oh Amor, del cual yo nací! » (BERGSON).
Jesús posee ya la madurez de un trigal dorado. Nos lo podemos imaginar como un hombre adulto de unos 28 años. Es un pozo de paz. Un abismo colmado. La presencia del Altísimo se asoma por sus manos, por sus ojos, por su boca... No acaba aquí el «crecimiento» de Jesús. En el espíritu no hay fronteras. Mejor, Jesús hizo estallar todas las fronteras. Con aquel temperamento tan sensible y con aquella inclinación innata para las cosas de Dios, sumergido cada vez más frecuente y profundamente en sus encuentros solitarios con el Padre, Jesús sigue navegando a velamen desplegado por los mares de la ternura y del amor. La confianza para con el Padre pierde fronteras y controles.
Un paso y otro paso más hacia la profundidad total. Y así, un día —no sé si era una noche—, arrastrado por la marea, en el colmo de la embriaguez por el «torrente de todas las delicias»..., salió de su boca una palabra completamente extraña hasta escandalizante para la teología y opinión pública de Israel: Abbá, que quiere decir: oh querido Papá. Con esto, hemos tocado la cumbre más alta de la experiencia religiosa.
«Era algo nuevo, algo único e inaudito el que Jesús se atreviera a dar este paso hablando con Dios como un niño habla con su padre, con simplicidad, intimidad, confianza, seguridad. No cabe duda, entonces, de que Abbá, que Jesús utiliza para dirigirse a Dios, revela la base real de su comunión con Dios. Abbá, como tratamiento dado a Dios, es la mismísima voz, una expresión auténtica y original de Jesús, y ese Abbá implica el título o la reivindicación única... Nos encontramos ante algo nuevo e inaudito que rebasa los límites del judaísmo.
Aquí vemos qué es lo que fue el Jesús histórico: el hombre que tuvo el poder de dirigirse a Dios como Abbá, y que incluyó a los pecadores y a los publicanos en el reino, autorizándolos a repetir esta sola palabra: Abbá, oh querido papá» El Padre me ama Y ahora sí. Ahora Jesús puede lanzarse sobre los caminos y montañas, para proclamar y aclamar una noticia de última hora, una novedad «descubierta» y vivida por él mismo en los silenciosos años de su juventud: Dios-es-Padre. (Es el Jesús de la fe).
Si Dios es Todopoderoso, es también Todo cariñoso. Si con sus manos sostiene el mundo, con esas mismas manos me acoge y me protege. De noche queda velando mi sueño y de día me acompaña adonde quiera que yo vaya. Cuando la gente se queja diciendo «estoy solo en el mundo», el Padre responde «yo estoy contigo, no tengas miedo» (Is 41,10). Cuando los humanos se lamentan diciendo «nadie me quiere», el Padre responde «yo te amo mucho» (Is 43,4). Está más cerca de mí que mi propia sombra. Me cuida mejor que la madre más solícita. No hay dónde perderse porque dondequiera que yo vaya El va conmigo. Además, es un amor gratuito. El hecho de que me quiera no depende de que yo lo merezca o desmerezca, de que yo sea justo o pecador.
Para mí, aquí está el misterio de Jesús: Jesús fue aquel que en los días de su juventud vivió una altísima experiencia del amor del Padre. Por aquellos años se sintió embriagado por la cálida e infinita ternura del Padre. En el perímetro de Nazaret, en los cerros que circundan al pueblecito, el Hijo de María se sintió, una y mil veces, querido, envuelto y compenetrado por una Presencia amante y amada, y como efecto de eso experimentó claramente qué significa ser libre y feliz. Después de eso no pudo contenerse.
Era imposible permanecer en Nazaret. Necesitaba salir, y salió al mundo para revelar al Padre, para gritar a los cuatro vientos la gran noticia del Amor y para hacer felices a todos. Y se fue por todas partes, libre y libertador, amado y amador, para tratar a todos como el Padre lo había tratado a El.
«Así como el Padre me amó a mí, de la misma manera yo os amé a vosotros» (Jn 15,9). ¿Cómo se puede compaginar todo lo dicho con el hecho de ser Jesús también Hijo de Dios? Yo me pregunto: ¿Podrá saberlo alguien? El Misterio nos sobrepasa por completo. Solamente sabemos que era también, completamente, hijo de María. El revelador del Padre Ahora comienza Jesús a descorrer el velo y mostrar el rostro del Padre. Tenemos la impresión de que el Revelador se siente incapaz de transmitir lo que «sabe».
Esta es la permanente temperatura interior de Jesús: siempre de cara a su amado Padre. El Hijo mira al Padre y el Padre mira al Hijo, y esa mirada mutua se transforma en un manto de cariño que envuelve a los dos en un gozo infinito. ¿Fracaso? ¿Agonía? ¿Calvario? Pueden rugir afuera las tormentas. Sus embates no llegarán al lago interior, salvo algunas ráfagas como en Getsemaní. Esta es, según me parece, la razón por la que Jesús atravesó las escenas de la Pasión con tanta dignidad y paz. Durante toda su vida, Jesús no hizo otra cosa sino cavar un pozo infinito para que el Padre querido lo colmara por completo.
La vida eterna consiste en que «te conozcan a ti, único Dios verdadero» (Jn 17,3). Todo el problema de la salvación o de la condenación gira en torno a la ausencia o presencia del Padre. ¿Sheol? ¿Aniquilación? ¿La nada? No. La muerte es un «entrar en el gozo del Señor» (Mt 25,21). ¿El cielo? El cielo es el Padre; el Padre es el cielo. ¿La casa del Padre? La Casa es el Padre; el Padre es la Casa. ¿La patria? El Padre es la Patria entera. ¿Jesús de Nazaret? Fue el Enviado para revelarnos al Padre y para tratar a todos como el Padre lo trataba a El"., Cf. Muéstrame Tu Rostro, II. Aparece el Rostro del Padre, Pbro. Ignacio Larrañaga, Págs., 386 - 399. (1979). Ediciones Paulinas.

"Jesús se está convirtiendo rápidamente en hombre, no simplemente un joven adulto, sino un adulto. Ha aprendido bien a cumplir con sus obligaciones. Sabe sobreponerse a las desilusiones, y no se amilana cuando se frustran sus planes y cuando sus propósitos resultan temporalmente derrotados. Ha aprendido a ser equitativo y justo aun frente a la injusticia, y está aprendiendo a ajustar sus ideales de vida espiritual a las demandas prácticas de la existencia terrestre. Está aprendiendo a proyectar la consecución de metas idealistas más distantes y elevadas mientras labora seriamente por la consecución de objetivos necesarios más cercanos e inmediatos. Está desarrollando el arte de ajustar sus aspiraciones a las demandas convencionales de los acontecimientos humanos. Está a punto de dominar la técnica de utilización de la energía del impulso espiritual para mover el mecanismo del logro material. Lentamente está aprendiendo a vivir su vida celestial mientras continúa viviendo la vida terrestre", Cf. La Vida y las enseñanzas de Jesús, Willy Calvins Wilson, Cap., 127 - Pág., 1405. (1955).
"Nacido en el mundo como un niño del reino, ha vivido su infancia y ha pasado por las distintas etapas de la adolescencia y juventud; está ahora en el umbral de la plena edad adulta, rico en la experiencia del vivir humano, repleto de comprensión de la naturaleza humana, y lleno de compasión por las flaquezas de la naturaleza humana. Se está volviendo experto en el arte divino de revelar su Padre del Paraíso a las criaturas mortales de todas las edades y etapas. Ya hombre plenamente crecido —un adulto del reino— se dispone a continuar su suprema misión de revelar Dios a los hombres y de conducir a los hombres hacia Dios", Cf. Cf. La Vida y las enseñanzas de Jesús, Willy Calvins Wilson, Cap., 127 - Pág., 1406. (1955).
¿Después de Nazaret la Virgen vivió en Cafarnaúm?
San Juan 2, 12.
"Jesús caminó durante toda la noche con sus discípulos y llegó al amanecer adonde estaba su Santa Madre. Allí, en casa de María, estaban la mujer de Pedro y una hermana de ésta, la mujer de las bodas de Caná y otra. La casa que María ocupa aquí es como las demás del lugar y bastante amplia, porque nunca está sola: varias viudas viven y paran allí.
Las mujeres de Betsaida y Cafarnaúm vienen a menudo y también uno que otro de los discípulos. Como a media hora de Camino de Cafarnaúm, sobre el camino a Betsaida, se ven algunas casas, una de las cuales es la que habita María. De Cafarnaúm corre un hermoso riachuelo hacia el Jordán, que se divide en Betsaida en varios brazos fertilizando toda esa región.
María no tiene allí huerta ni campo ni animales para cuidar. Vive de la generosidad, como viuda, de los amigos, y se ocupa de hilar, coser y tejer con unos palillos; lo demás del tiempo lo emplea en la oración y en consolar y enseñar a otras mujeres que acuden a Ella.
"Jesús se despidió a solas de su Madre y luego pasó a saludar a las demás mujeres. He visto que Jesús también abrazaba a su Madre cuando se despedía y se encontraba, estando a solas.
En otros casos sólo le daba la mano o se inclinaba saludando cariñosamente. María lloraba en esta ocasión. María presenta un aspecto joven: está crecida, aunque de delicados rasgos.
¿Cuestionan a Jesús por su Santa Madre?
"Desde Séforis fué caminando Jesús por senderos extraviados, en dirección a Nazareth, que está a dos horas. Tenía entre sus discípulos a dos o tres jóvenes hijos de unas viudas de esenios.
Al llegar a Nazareth se albergó entre gente amiga y visitó a algunos en particular, sin llamar la atención. Los fariseos vinieron a verlo, exteriormente respetuosos, pero llenos de prevenciones contra Él.
"María y las santas mujeres partieron de Cafarnaúm hacia Jerusalén. Van caminando por las cercanías de Nazaret y del Tabor, porque allí se juntarán otras mujeres, y a través de Samaría. Los discípulos de Galilea las habían precedido y algunos criados iban detrás de ellas llevando bultos y paquetes.
Entre los hombres veo a Pedro, Andrés y su hermano uterino Jonatán, los hijos de Zebedeo, los hijos de María de Cleofás, Natanael Chased y Natanael, el de las bodas de Caná. Los hijos de Zebedeo son Santiago el Mayor y Juan Evangelista.
Son hijos de María Salomé y del Zebedeo. María Salomé es hija de Sobé, hermana de Santa Ana. María Cleofás, llamada así por el nombre de su padre, es hija de María Helí, hija mayor de Santa Ana.
María Cleofás es madre de Judas Tadeo, de Simón y de Santiago el Menor. Su marido Alfeo, que era viudo, le dio a Leví ( Mateo).
De su segundo matrimonio con Sabas, es madre de José Bársabas, y de su tercer matrimonio con Jonás, es madre de Simeón, que fue Obispo de Jerusalén. María Marcos, madre de Juan Marcos, discípulo del Señor"., Cfr. "La Vida de Jesucristo y de su Madre Santísima", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Tomo II, Libros III y VI, Capítulo XXV, Págs., 528 y 529, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
"Vivió Santa Ana cincuenta y seis años, repartidos de esta manera: de veinte y cuatro se casó con San Joaquín, veinte estuvo casada sin sucesión y en el cuarenta y cuatro parió a María Santísima, y doce que sobrevivió de la edad de esta Reina, que fueron tres que la tuvo en su compañía y nueve en el Templo, hacen todos cincuenta y seis"., Cfr. "Mística Ciudad de Dios", Venerable Sor María de Jesús de Agreda, I Parte, Libro II, Cap. 19, #723, Pág., 304, ( Extracto). Con Aprobación Eclesiástica. ( Nihil Obstat & Imprimi Potest: 1970 ).
¿Nuestra Señora ésta afligida?
"De la llegada de Jesús nadie sabía nada sino los presentes y los discípulos más fieles. Jesús pasó la noche en un edificio contiguo, donde se recogieron los otros forasteros.
Citó a los discípulos para el próximo Sábado en las cercanías de Bethoron, en una casa solitaria que había en la altura. Después lo he visto hablar a solas con María, su Madre. Ésta se afligía y lloraba pensando que Él quería ir a Jerusalén, donde había tanto peligro.
Jesús la consoló y le dijo que no se inquietase, que debía cumplir su misión, que aún no habían llegado los días más tristes.
La ilustró cómo debía conducirse en la oración, y luego recomendó a todos los demás que se guardasen de todo juicio, de hablar de la prisión de Juan ( Bautista) y de las maquinaciones de los fariseos contra su persona; que esto no haría más que entorpecer su misión y aumentar el peligro.
Las maquinaciones entraban también en los designios de Dios: ellos obraban en su propia perdición"., Cfr. "La Vida de Jesucristo y de su Madre Santísima", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Capítulo XI, Extractos, Tomo II, Libros III y VI, Págs., 569 - 570. Con Aprobación Eclesiástica.
¿La Virgen María ruega a su Hijo Jesús un gran favor?
"Jesús caminó con sus discípulos, dejando a Sichar a su derecha, a una hora hacia el Sueste de un campo donde había unas veinte casitas de pastores dispersas.
En una casa más grande le esperaban María Santísima, María Cleofás, la mujer de Santiago el Mayor y dos de las viudas. Habían estado todo el día aquí, habían traído alimento y pequeños frascos de bálsamo.
Prepararon una comida. Jesús al ver a su Madre le tendió ambas manos. Ella inclinó su cabeza delante de Él; las mujeres saludaron, inclinándose y poniendo las manos sobre el pecho. Delante de la casa había un árbol y allí tomaron algún alimento.
María Santísima rogó a Jesús que curase a un niño estropeado traído por pastores vecinos que ya habían pedido su intercesión. Esto acontecía con frecuencia y era conmovedor ver cuando María rogaba a Jesús. Jesús hizo que le trajesen al niño y los padres lo trajeron sobre una camilla delante de la casa: era un niño de unos 9 años.
Habló al niño y se inclinó un tanto hacia él; luego lo tomó de la mano y lo levantó.
El niño se alzó de su camilla y corriendo se echó en brazos de sus padres, los cuales después, con el niño, se echaron de rodillas delante de Jesús. Todos estaban llenos de contento y Jesús les dijo que alabasen a su Eterno Padre"., Cfr. "La Vida de Jesucristo y de su Madre Santísima", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Tomo II, Libros III y VI, Extractos, Capítulo XVIII, Págs., 591-592. Con Aprobación Eclesiástica.
¿Los gestos de Jesús y de su Santa Madre María?
"Lea se acercó a María, la saludó y le habló de la curación de Enué y como estaban determinadas entregar todo lo suyo a la comunidad de Jesús. Pedía a María rogase a Jesús que convirtiese a su marido, obstinado fariseo de Paneas.
María habló con Lea, y se retiró tranquilamente con las otras mujeres. María era de una sencillez encantadora. Jesús nunca la distinguía mucho delante de otras personas; sólo la trataba siempre con serena cortesía.
Ella, por su parte, no solía mezclarse más que con enfermos, pobres y necesitados e ignorantes; aparecía siempre callada, humilde y extremadamente sencilla (simple). Todos, aun los enemigos de Jesús, la respetan, a pesar de estar ella sola y callada.
Después he visto a Jesús en el lugar de la pescadería de Pedro enseñando delante de una gran multitud, con parábolas, sobre el reino de Dios. Por momentos subía a su nave y enseñaba desde ella al pueblo"., Cfr., "La Vida de Jesucristo y de su Madre Santísima", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Tomo II, Libro III y VI, Extractos, Capítulo XXII, Pág., 140. Con Aprobación Eclesiástica.

Por la mañana, Jesús le había dicho en Betania que celebraría la Pascua con ella de un modo espiritual, y habíale indicado la hora en que se había de poner en oración para recibirla en espíritu"., Cfr. "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Extractos, Capítulo VIII, Pág., 30, Tomo IV, Libros I y IX. Con Aprobación Eclesiástica.
¿María durante la agonía de Jesús en el Monte
de los Olivos?
San Lucas 23, 28.
"La Dolorosa Madre de Jesús había salido de la plaza después de pronunciada la sentencia inicua, acompañada de Juan y de algunas mujeres.
Había visitado muchos sitios santificados por los padecimientos de Jesús: pero cuando el sonido de la trompeta, el ruido del pueblo y la escolta de Pilatos anunciaron la ida para el Calvario, no pudo resistir al deseo de ver todavía a su Divino Hijo, y pidió a Juan que la condujese a uno de los sitios por donde Jesús había de pasar; se fueron a un palacio cuya puerta daba a la calle adonde entró la escolta después de la primera caída de Jesús.
Juan obtuvo de un criado o portero compasivo el permiso de ponerse a la puerta con María y los que la acompañaban. La Madre de Dios estaba pálida y con los ojos llenos de lágrimas, y cubierta enteramente con un manto pardo azulado.
Se oía ya el ruido que se acercaba, el sonido de la trompeta y la voz del pregonero publicando la sentencia en las esquinas.
El criado abrió la puerta; el ruido era cada vez más grande y espantoso. María oró, y dijo a Juan: "¿Debo ver este espectáculo?¿Debo huir? ¿Cómo podré yo soportarlo?" Al fin salieron a la puerta: María se paró y miró; la escolta estaba a ochenta pasos; no había gente delante, sino por los lados y atrás.
Cuando los que llevaban los instrumentos del suplicio se acercaron con aire insolente y triunfante, la Madre de Jesús se puso a temblar y a gemir, juntando las manos, y uno de aquellos hombres preguntó: "¿Quién es esa Mujer que se lamenta?", y otro respondió:"¡Es la Madre del Galileo!".
"Cuando los miserables oyeron tales palabras, llenaron de injurias a esta dolorosa Madre, la señalaban con el dedo, y uno de ellos tomó en sus manos los clavos con que debían clavar a Jesús en la Cruz, y se los presentó a la Virgen burlándose.
María miró a Jesús, y se agarró a la puerta para no caerse, pálida como un cadáver, con los labios lívidos.
Los fariseos pasaron a caballo; después el niño que llevaba la inscripción; detrás su Santísimo Hijo Jesús, temblando, doblado bajo la pesada carga de la Cruz, inclinando sobre el hombro su cabeza coronada de espinas.
Echaba sobre su Madre una mirada de compasión, y, habiendo tropezado, cayó por segunda vez ( de Siete caídas ) sobre sus rodillas y sobre sus manos. María, en medio de la violencia del dolor, no vió ni soldados ni verdugos; no vió más que a su querido Hijo; se precipitó desde la puerta de la casa en medio de los soldados que maltrataban a Jesús, cayó de rodillas a su lado, y se abrazó a Él.
Yo oí estas palabras: "¡Hijo Mío!", "¡Madre Mía!". Hubo un momento de desorden: Juan y las santas mujeres querían levantar a María. Los alguaciles la injuriaban.
Algunos soldados tuvieron compasión. Sin embargo, echaron a la Virgen hacia atrás, pero ningún alguacil la tocó. Juan y las Santas Mujeres la rodearon, y cayó como muerta sobre sus rodillas, encima de la piedra angular de la puerta, donde sus manos se imprimieron ( milagrosamente ).
Esta piedra, que era muy dura, fué trasportada a la primera Iglesia Católica, cerca de la piscina de Betesda, en el Episcopado de Santiago el Menor. Los dos discípulos que estaban con la Madre de Jesús se la llevaron al interior de la casa, y cerraron la puerta.
Mientras tanto, los alguaciles levantaron a Jesús, y le pusieron de otro modo la Cruz sobre los hombros"., Cfr. "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Capítulo XXXIII, Págs., 134 a 136, Extractos, Tomo IV, Libros I y IX. Con Aprobación Eclesiástica.
¿Nuestra Señora hacia el Monte Calvario?
"Al ver que llega Longinos, corren a donde María a darle la noticia. María, sostenida del brazo por Juan, se separa, majestuosa en su dolor, de la orilla del monte y valerosamente se pone en medio del camino, haciéndose sólo a un lado al llegar Longinos, que desde lo alto de su caballo morcillo mira la palidez de María y a su rubio acompañante, pálido, de ojos azules como los de Ella. Mueve la cabeza al pasar seguido de su once a caballo.
María trata de pasar entre los soldados que van a pie, pero, como van sudando y tienen prisa, quieren rechazarla con las astas, tanto más cuando del camino emperado caen piedras en protesta de tanta compasión. Llega en el momento en que Jesús se vuelve hacia su Madre que sólo ve ahora que se acerca, porque como camina tan inclinado y con los ojos casi cerrados, como si estuviese ciego, grita: "¡Mamá!".
Jesús tuerce su cabeza bajo el yugo de la cruz, buscando poderle decir algo, de enviarle un beso con sus labios heridos, secos, golpeados... María no puede besar a su Hijo... Aunque levemente lo tocase, sería una tortura. Se abstiene... Sólo ambos corazones angustiados se besan. El cortejo emprende de nuevo la marcha al empuje del pueblo enfurecido y que los separa, haciendo a un lado a la Virgen, contra el monte, expuesta a que se burlen de ella... Ahora detrás de Jesús camina Cirineo con la cruz.
María se ha hecho a un lado con las mujeres. Los judíos, que se han refugiado en el rincón opuesto a donde están las Marías, las insultan. También a la Madre de Jesús. Arriba todo está pronto. Se hace subir a los sentenciados. Jesús pasa otra vez cerca de su Madre que lanza un gemido, que Ella misma trata de sofocar, llevándose el manto a la boca. Los judíos lo ven y se carcajean. Juan, el manso Juan, que, con un brazo sostiene a María, se vuelve con una mirada feroz. Le brillan los ojos. Creo que si no hubiera tenido que velar por las mujeres tomaría a uno de esos cobardes por la garganta"., Cfr. "El Hombre-Dios", Visiones de María Valtorta, Volumen V, Parte III, #28, Pág. 566 a 569.
"A las tres, Jesús gritó en alta voz: "¡Eli, Eli, Lamma Sabacthani!" Lo que significa: -¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?". El grito de Nuestro Señor interrumpió el profundo silencio que reinaba alrededor de la Cruz.
Cuando María oyó la Voz de su Hijo, nada pudo detenerla. Vino al pie de la Cruz con Juan, María, hija de Cleofás, Magdalena y Salomé.
Mientras el pueblo temblaba y gemía, un grupo de treinta hombres importantes de la Judea y de los contornos de Joppé pasaban por allí para ir a la fiesta, y cuando vieron a Jesús en la Cruz y los signos amenazadores que presentaba la naturaleza, exclamaron llenos de horror: "¡Maldita Ciudad! Si el templo de Dios no estuviera en ella, merecía que la quemasen por haber tomado sobre sí tal iniquidad".
Estas palabras fueron como un punto de apoyo para el pueblo: hubo una explosión de murmullos y de gemidos, y todos los que tenían los mismos sentimientos se reunían.
Todos los circunstantes se dividieron en dos partidos: los unos lloraban y murmuraban, los otros pronunciaban injurias e imprecaciones"., Cfr. "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Capítulo XLIV, Tomo IV, Libros I - IX, Págs., 155, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
¿Nuestra Señora ante la Muerte de su Hijo Jesús en la Cruz?
San Juan 19, 25 - 27.
"La hora del Señor, había llegado: luchó contra la muerte y un sudor frío cubrió sus miembros. Juan estaba al pie de la Cruz, y limpiaba los pies de Jesús con su sudario.
Magdalena partida de dolor, se apoyaba detrás de la Cruz. La Virgen Santísima estaba de pie entre Jesús y el buen ladrón, sostenida por Salomé y María de Cleofás, y veía morir a su Hijo. Entonces Jesús dijo: -¡Todo está consumado!- Después alzó la cabeza, y grito en alta Voz: "¡PADRE MÍO, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU!".
Fué un grito dulce y fuerte, que penetró en el Cielo y la Tierra: enseguida inclinó la cabeza, y rindió el espíritu. Yo vi su alma luminosa entrar en la Tierra al pie de la Cruz. Juan y las Santas mujeres cayeron de cara sobre la tierra.
Abenadar, hecho un hombre nuevo, habiendo rendido el homenaje al Hijo de Dios, no quería estar más al servicio de sus enemigos. Dió su caballo y su lanza a Casio, el segundo oficial, llamado Longinos, que tomó el mando; después dijo algunas palabras a los soldados, y bajó del Calvario.
Se fué por el Valle de Gihon [(Kidron, en hebreo : נחל קדרון)] hacia las grutas del Valle de Hinnom [(גיהנום)], donde estaban escondidos los discípulos.
Cuando Abenadar dió testimonio de la divinidad de Jesús, muchos soldados lo hicieron con él; cierto número de los que estaban presentes, y aún algunos fariseos de los que habían venido últimamente, se convirtieron.
"Mucha gente se volvía a su casa dándose golpes de pecho y llorando. Otros rasgaban sus vestidos, y se echaban tierra en la cabeza. Todo estaba lleno de estupefacción y de espanto.
Juan se levantó, algunas de las santas mujeres, que habían estado, llevaron a la Virgen a poca distancia.
Cuando el Salvador encomendó su alma a Dios, su Padre, y abandonó su cuerpo a la muerte, el cuerpo sagrado se estremeció, y se puso de un blanco lívido, y sus heridas, en que la sangre se había agolpado en abundancia, se mostraban distintamente como manchas oscuras; su cara se estiró; sus carrillos se hundieron, su nariz se alargó, sus ojos, llenos de sangre, se quedaron medio abiertos; levanto la cabeza coronada de espinas, y la dejó caer bajo el peso de sus dolores; los labios, lívidos, se quedaron entreabiertos, y dejaron ver la lengua ensangrentada; sus manos, contraídas primero alrededor de los clavos, se extendieron con los brazos; su espalda se enderezó a lo largo de la Cruz, y todo el peso de su cuerpo cayó sobre sus pies; las rodillas se encogieron y se doblaron del mismo lado, y sus pies dieron vuelta alrededor del Clavo.
¿Quién podría expresar el dolor de la Madre de Jesús, de la Reina de los mátires? La Luz del Sol estaba aún alterada y oscurecida; el aire sofocaba durante el temblor de tierra.
Era un poco más de las tres [(¿Entre las 3:15 p.m. y las 3:33:07 p.m?)] cuando Jesús dió el último suspiro.
Muchos se sentían interiormente cambiados. Los amigos de Jesús rodeaban la cruz, se sentaban enfrente de ella, y lloraban. Muchas de las santas mujeres volvieron a la ciudad. Silencio y duelo reinaban alrededor del cuerpo de Jesús"., Cfr. "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Capítulo XLV, Págs., 156 - 158, Extractos, Tomo IV, Libros I-IX. Con Aprobación Eclesiástica.
¿Qué presenció Nuestra Señora, de la Pasón de su Hijo? ¿Las preguntas y respuestas?
¿Cómo estaba hecha la Corona de Espinas de Jesús?
Pasaron a los pies y, puesto el uno sobre el otro, amárrandolos con la misma cadena y tirando de ella con gran fuerza y crueldad los clavaron juntos con el tercer clavo, algo más fuerte que los otros. Quedó aquel sagrado cuerpo, en quien estaba unida la divinidad, clavado y fijo en la santa cruz, y aquella fábrica de sus miembros, deificados y formados por el Espíritu Santo, tan disuelta y desencuadernada, que se le pudieron contar todos los huesos ( Cf. Salmo 21, 18 ), porque todos quedaron dislocados y señalados, fuera de su lugar natural; desencajáronse los del pecho y de los hombros y espaldas, y todos se movieron de su lugar, cediendo a la violenta crueldad de los verdugos".
"Esta dislocación violenta de sus brazos lo atormentó horriblemente, su pecho se levantaba y sus rodillas se separaban", Cfr. La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, Ana Catalina Emmerick, Capítulo 38, Pág., 201, Fundación Jesús de la Misericordia, 2004.
San Juan 19, 34 - 37.
"Mientras tanto el silencio y el duelo reinaban sobre el Gólgota. El pueblo, atemorizado, se había dispersado; María, Juan, Magdalena, María, hija de Cleofás, y Salomé, estaban de pie o sentados enfrente de la Cruz, la cabeza cubierta, y llorando.
Algunos soldados estaban recostados sobre el terraplén que rodeaba la llanura; Casio, a caballo, iba de un lado a otro. El Cielo estaba oscuro, y la naturaleza parecía enlutada.
Pronto llegaron seis alguaciles con escalas, azadas, cuerdas y barras de hierro para romper las piernas a los crucificados. La Virgen Santísima temía que ultrajasen aún el cuerpo de su Hijo.
Aplicaron sus escalas a la Cruz para asegurarse de que Jesús estaba muerto. Habiendo visto que el cuerpo estaba frío y rígido, lo dejaron, y subieron a las cruces de los ladrones. Gestas daba gritos horribles, y le pegaron tres golpes sobre el pecho para acabarlo de matar.
Dimas dió un gemido, y murió. Fue el primero de los mortales que volvió a ver a su Redentor. Desataron las cuerdas dejaron caer los cuerpos al suelo, los arrastraron hacia el bajo que había entre el Calvario y las murallas de la ciudad, y allí los enterraron.
Los verdugos dudaban todavía de la muerte de Jesús. Mas el oficial inferior Casio, hombre de veinticinco años, muy activo y atropellado, recibió una inspiración súbita. Empuñó su lanza, y dirigió su caballo hacia la elevación donde estaba la Cruz.
"Se paró entre la Cruz del buen ladrón y la de Jesús, y tomando su lanza con ambas manos, la clavó con tanta fuerza en el costado derecho del Señor, que la punta atravesó el Corazón, un poco más abajo del pulmón izquierdo.
Cuando la retiró, salió de la herida una cantidad de sangre y agua que llenó su cara como un baño de salvación y de gracia. Se apeó, se arrodilló, se dió golpes de pecho, y confesó a Jesús en alta voz.
La Virgen Santísima y sus amigas, cuyos ojos estaban siempre fijos sobre Jesús, vieron con inquietud la acción de este hombre, y se precipitaron hacia la cruz dando gritos.
María cayó en los brazos de las santas mujeres, como si la lanza hubiese atravesado su propio corazón, mientras que Casio, de rodillas, alababa a Dios; pues los ojos de su cuerpo y de su alma se habían curado y abierto a la luz.
Todos estaban conmovidos profundamente a la visya de la sangre del Salvador, que había corrido en un hoyo de la peña, al pie de la cruz.
Casio, María, las santas mujeres y Juan recogieron la sangre y el agua en frascos, y limpiaron el suelo con paños. Casio, bautizado con el nombre de Longinos, predicó la fe como diácono, y llevó siempre sangre de Jesús sobre sí ( Como una Reliquia).
La Virgen Santísima tenía una pequeña habitación en los edificios contiguos al Cenáculo. No entraron por la puerta más inmediata al Calvario, porque estaba cerrada y guardada al interior por los soldados que los fariseos habían puesto, sino por la meridional que conduce a Belén"., Cfr. "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Capítulo XLVIII, Págs., 163 - 164, Tomo IV, Libros I - IX, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
¿Los Dolores de Nuestra Señora?
"Mujer, ¡He ahí a Tu Hijo!... Madre Mía, ¡He ahí a mis hermanos! Guárdalos ámalos... No están solos. ¡Oh!, ustedes, por quienes he dado Mi vida tienen ahora una Madre a la que pueden recurrir en todas sus necesidades" (Cf. Jesús es Clavado en la Cruz ).
"Los he unido a todo con los más estrechos lazos al darles Mi propia Madre... Mi Madre Santísima que, con el Corazón traspasado por el dolor, sale a Mi encuentro para dos fines: para cobrar nueva fuerza de sufrir a la vista de su Dios y para dar a su Hijo, con su actitud heroica, aliento para continuar la obra de la Redención. Consideren el martirio de estos dos corazones. Lo que más ama Mi Madre en su Hijo... No puede darme ningún alivio y sabe que su vista aumentará aún más Mis sufrimientos; pero también aumentará Mi fuerza para cumplir la voluntad del Padre".
"Para mí, lo más amado en la Tierra es Mi Madre; y no solamente no la puedo consolar, sino que el lamentable estado en que me ve, procura a su corazón un sufrimiento semejante al Mío. Deja escapar un cuerpo, la recibe Mi Madre en el Corazón!... ¡Cómo se clavan en Mí sus ojos y los Míos se clavan también en Ella! No pronunciamos una sola palabra, pero cuántas cosas dicen Nuestros Corazones en esta dolorosa mirada" (Cf. Jesús va camino al Calvario - La Pasión).
"Sí, Mi Madre presenció todas las tormentas de Mi Pasión, que por revelación Divina se presentaban a su espíritu. Además, varios discípulos, aunque permanecían lejos por miedo a los judíos, procuraban enterarse de todo e informaban a Mi Madre... Cuando supo que ya se había pronunciado la sentencia de muerte, salió a mi encuentro y no me abandonó hasta que me depositaron en el sepulcro".
"Muchos Profetas hablaron de Mí; vieron anticipadamente que era necesario que Yo sufriere, para llegar a ser digna Madre de Dios, anticiparon en la tierra Mi conocimiento pero, como tenía que ser, demanera muy velada. Después hablaron de Mí los Evangelistas, especialmente Lucas, Mi amado médico -más de almas- que de cuerpos. Posteriormente, nacieron algunas devociones que tuvieron como base las penas y dolores sufridos por Mí. Y así, comúmente se cree y se piensa en siete dolores principalmente experimentados por Mí"., Cf. "Revelaciones y Meditaciones ( Extractos ) de Jesús y su Santa Madre a la Vidente Catalina Rivas de Cochabamba, Bolivia en 1997; Edición 1 Julio de 1999. Con Imprimatur, del Arzobispado, Monseñor René Fernández, el 2 de Abril de 1998.
"Como todos rodeaban el cuerpo del Señor y se arrodillaban para despedirse de Él, un milagro se operó a sus ojos; el sagrado cuerpo de Jesús, con sus heridas, apareció representado sobre la Sábana que lo cubría, como si hubiese querido recompensar su celo y su amor, y dejarles su retrato a través de los velos que lo cubrían. Abrazaron el cuerpo llorando, y besaron con respeto su milagrosa efigie.
Su asombro se aumentó cuando, alzando la sabana, vieron que todas las vendas que ataban el cuerpo estaban blancas como antes, y que la sábana superior había recibido sola la milagrosa efigie.
No era la marca de heridas echando sangre, pues todo el cuerpo estaba envuelto y cubierto de aromas; era un retrato sobrenatural, un testimonio de la divinidad creadora que residía siempre en el cuerpo de Jesús.
He visto muchas cosas relativas a la historia posterior de esa sábana, mas me sería imposible coordinarlas. Después de la resurrección estuvo en poder de los amigos de Jesús"., Cf. "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", Visiones Completas de la Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Cap., LI, Pág., 174, Tomo IV y IX, Libro I, Extractos, Con Aprobación Eclesiástica.
¿María ante el Cuerpo de su Santo Hijo?
"María no se cansa de acariciar los miembros fríos. Con una delicadeza mayor que si tocara a un recién nacido, toma las pobres manos laceradas, las oprime entre las suyas. Besa los dedos, los extiende, trata de juntar los bordes de las heridas como para curarlas, para que no causen tanto dolor. Se pone en las mejillas esas manos que no pueden ya acariciarla, y llora, llora con un dolor vehemente. Endereza, une los pies que están asi sueltos, como cansados del largo camino que por nosotros hicieron. Pero están tan maltratados por la cruz, sobre todo el izquierdo que está como plano, como sin tobillo.
Luego vuelve al cuerpo y lo acaricia. Está frío, rígido. Cuando una vez más ve la herida de la lanza que está abierta, dada la posición supina del cuerpo sobre la laja de piedra, por la que se puede ver mejor la cavidad toráxica.... Parece como si la lanza la atravesara también a Ella. Se retuerce en medio de su dolor. Se lleva las manos a su corazón, atravesado como el de Jesús. ¡Pobre Madre! ¡Cuántos besos no da en esa herida!
Contempla la cabeza. La endereza. Trata de cerrar los párpados que a medias lo están. La boca sigue abierta, contraída un poco. Compone los cabellos. Son un mechón pegajoso de sangre. Llora, y llora porque se recuerda de cuando Jesús era niño... María está de pie, junto a la piedra del embalsamamiento. Acaricia y contempla. Gime y llora. Oigo lo que dice.
"¡Pobre Hijo, cuántas heridas!... ¡Cuánto sufriste! ¡Has muerto! ¡Te han matado! ¡Oh alma de mi Señor! ¿Dónde estás?".
Ahora María, la llena de dolores, vuelve a inclinarse sobre su Hijo. Sentándose al lado de la piedra se lo pone sobre sus piernas. Se lleva un brazo de El sobre su espalda. Reclina la cabeza de Jesús sobre su hombro, y sobre la de El dobla la suya, teniéndolo estrechado contra su pecho, mimándolo, besándolo, llena de dolor, digna de compasión.
La Dolorosa parece como si delirase. Un prolongado silencio. Nicodemo y José hacen señal a Juan y a Magdalena. "Ven, Madre" dice Magdalena que trata de retirar a María de su Hijo y de separar los dedos de Jesús entrelazados entre los de María que, llorando, los besa. María se endereza. Es majestuosa. Extiende una vez más los pobres dedos desangrados, pone la mano inerte al lado del cuerpo. Después las baja hacia tierra, y derecha, con la cabeza ligeramente hacia atrás, ora y ofrece.
"Los que estaban preparando las vendas han terminado. Se acercan a la mesa, desnudan completamente a Jesús. Pasan rápidamente por el cuerpo una esponja, por lo que me parece, o trapos de lino, para preparar los miembros que gotean de mil lugares. Después los untan con ungüentos. Lo cubren completamente en una capa gruesa de ungüento. María gime. Luego levantan el lado pendiente de la Sábana y la doblan sobre Jesús. No se ve más. María llora más fuerte"., Cfr. Visiones de María Valtorta, El Hombre-Dios, Vol. V, III Parte, Tomo XVIII, Págs., 592 - 601, Cap. 30 (Extractos).
¿La Santa Madre ante el Santo Sepulcro?
San Juan 19: 38 - 43.
"José de Arimatea apaga una de las antorchas, da una última ojeada, y se dirige a la apertura del sepulcro, llevando encendida una antorcha.
María se inclina una vez más para besar a su Hijo, y quiere hacerlo de modo que contenga su pena por respeto a la forma del cadáver, que ya embalsamado, no le pertenece más, pero cuando está cerca del rostro cubierto, no se domina y es crisis de una crisis de desconsuelo... A duras penas la quitan, y con mayores la retiran del lecho fúnebre.
Después de la tragedia del Gólgota volvió a aparecer la luz que ahora cede su paso a la noche que va bajando. Se corre la pesada piedra del sepulcro a su lugar.
María, a quien hasta ahora sostiene Juan, se ha calmado suficientemente, se suelta del apóstol y con un grito, que me imagino haya hecho retumbar aun las fibras de los árboles, se arroja contra la puerta, se ase de donde puede de ella para empujarla. Se lastima dedos y uñas sin lograr algo. Hasta con la cabeza hace palanca. Amorosa y feroz porque es madre.
Tratan de separarle las manos de la Roca. "¡Oh, dejadme!". Vuelve a ella la anterior angustia que parecía haberse calmado después de su oración al Padre junto a la mesa de la unción. "No quiero ver a nadie"... "¡Oh, Dios, Dios!... Llora y se arrodilla. "Paz, Dios mío. ¡No me quedas más que tú!".
"Ven, hija. Dios te tranquilizará. Ven. Mañana es el sábado pascual. No podríamos venir a traerte alimentos".
"¡No es necesario! No quiero comida. ¡Quiero a mi Hijo!".
"Mira, María, se acercan los guardias del Templo. Vámonos para que no te ofendan".
"¿Los guardias? ¿Que me ofendan? No. Son unos cobardes".
Se levantan. Salen del huerto semioscuro. Los guardias los ven salir sin decirles cosa alguna.
"¿Y los vestidos? ¡No tengo nada de Él! Daría mi sangre por poseerlos...". María llora nuevamente desconsolada. De este modo llegan donde está el Cenáculo."., Cf. "El Hombre-Dios", Vol. V, Tercera Parte, Tom. XVIII, Cap. 31, Págs., 601 - 610 ( Extractos ).
¿María Santísima Atribulada por su Hijo Jesucristo?
"La Virgen se separó del Templo llorando: la desolación y la Soledad en que estaba, en un día tan Santo, atestiguaban los crímenes de su pueblo; María se acordó que Jesús había llorado sobre el Templo, y que había dicho: "¡Destruid este templo, y Yo lo reedificaré en tres días!".
María pensó que los enemigos de Jesús habían destruido el Templo de su Cuerpo, y deseó con ardor ver relucir el tercer día en que la palabra eterna debía cumplirse.
María y sus compañeras habían llegado antes de amanecer al Cenáculo, y se retiraron a la parte del edificio situado a la derecha. Juan y los discípulos entraron en el Cenáculo, donde los hombres, cuyo número se elevaba a veinte, rezaban alternativamente debajo de la lámpara.
Los recién venidos de cuando en cuando se instruían tímidamente y conversaban llorando: todos mostraban a Juan un respeto mezclado de confusión, porque había asistido a la muerte del Señor.
Vi a las santas mujeres juntas hasta la noche en la sala oscura, alumbrada por la luz de una lámpara, pues las puertas estaban cerradas y las ventanas tapiadas.
Unas veces rezaban alrededor de la Virgen debajo de la lámpara; otras se retiraban aparte, se cubrían la cabeza con un Velo de luto, y se sentaban sobre ceniza en señal de dolor, o rezaban con la cara vuelta a la pared. Las más débiles tomaron algún alimento; las otras ayunaron.
Mis ojos se volvieron muchas veces hacia ellas, y siempre las vi rezando o mostrando su dolor del modo que he dicho.
Cuando mi pensamiento se unía al de la Virgen, que estaba siempre ocupada en su Hijo, yo veía el sepulcro y los guardias sentados a la entrada: Casio estaba arrimado a la puerta, sumergido en meditación.
Las puertas del Sepulcro estaban cerradas, y la piedra por delante. Sin embargo, vi al cuerpo del Señor rodeado de esplendor y de luz, y dos ángeles en adoración"., Cfr. "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Tomo IV, Libros I y IX, Págs., 186-187, Capítulos LIX, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
¿San Pedro ante Nuestra Señora Adolorida?
"( La noche del viernes santo ha pasado ). El Alba avanza despacio. María, siempre en su habitación, con las manos sueltas sobre sus rodillas. Las mujeres van y vienen. María, cada vez, siente escalofríos. Nada más. Ni una palabra. Pasan las horas. María se levanta y apoyándose sobre los muebles se dirige a la salida.
María realmente está agotadísima. Vacila al bajar los pocos escalones. Silencio de nuevo. Hasta que otra vez se oye que llaman a la puerta. Como la ciudad está en calma, las mujeres tienen menos miedo. Pero cuando de la entrada que se abre un tantín ven que se asoma la cara rasurada de Longinos, todas huyen como si hubieran visto a un muerto en su mortaja o al demonio en persona. Acude Magdalena que estaba con la Virgen. Longinos ha cerrado tras sí la pesada puerta.
"¿Puedo entrar sin contaminar a alguien? Aquí está la lanza.
"Ven. Ella está allí".
"Pero yo soy pagano".
María Magdalena va donde la Virgen.
"Madre, Longinos está allí afuera... Te ha traído la lanza".
"Hazlo pasar".
Entra Longinos y en el umbral saluda a su manera romana. Mira y le entrega la lanza envuelta en un trapo rojo. Es solo el hierro, sin el asta. María la toma. Palidece mucho más. Tiembla. Finalmente dice: "Que Él te conduzca a Sí por tu buen Corazón".
María besa la lanza donde todavía se ve Sangre de su Hijo... Quiere quitarla, pero al fin no lo hace.
María se queda sola...
Se arrodilla ante el Sudario. Besa la frente, los ojos, la boca de su Hijo y dice: "¡Así, así! Para tener fuerzas... Debo creer. Debo creer. Por todos". La noche ha caído encima. Sin estrellas. Oscura. Bochornosa. María se queda sola con su dolor. El día del sábado ha terminado".-, Cf. "El Hombre-Dios", Tomo XVIII, Vol. V, III Parte, Cap. 34, Págs., 627 - 635.
Simón Pedro encontró el manto. "Mira, Madre". María no ha hecho más que acariciar y besar el pesado manto rojo de su Hijo.
María llora angustiosamente en tal forma que las mujeres se asoman a la puerta a ver y luego se retiran.
Al llegar más de la puerta se escondió de nuevo, diciendo: "No quiero que la gente me vea. Sobre mi frente llevo escrita la palabra: Renegador de Dios".
( María ) "¿Dónde está ( Pedro )?"
"Detrás de esa puerta".
"Dile que entre".
"Madre..."
"Juan..."
"No lo reprendas. Está arrepentido".
"¿Me conoces tan poco todavía? Haz que pase".
Juan Sale. Regresa solo. Dice: "No se atreve. Llamalo tú".
María con dulce voz: "Simón de Jonás, Ven". Una áspera explosión de llanto. Pero no entra. María se levanta. Deja el manto sobre la mesa y va a la puerta.
Pedro está allí fuera, agazapado, como un perro sin dueño. Llora tan fuerte y tan seguido, que no percibe el ruido de la puerta al abrirse, ni los pasos fatigados de la Virgen. Cae en la cuenta de que está cerca cuando Ella se inclina hasta tomarle una mano que tenía apretada a los ojos, y lo obliga a levantarse. Entra en la habitación trayéndolo consigo, como si fuera un niño.
Pedro se le acerca a los pies, de rodillas, y llora sin freno. María acaricia sus cabellos grises, sucios de un sudor doloroso. Hasta que no se calme no deja de acariciarlo.
Finalmente Pedro levanta su cabeza de las rodillas de María y la mira con sus ojos hinchados en llanto, con una cara de un viejo niño desconsolado y sorprendido del mal que ha hecho y del inmenso bien que encuentra. María lo obliga a ver a su Señor. Pedro con lágrimas prorrumpe: "¡Perdón, perdón!".
María luego levanta a Pedro. Lo vuelve a consolar. Le dice como diría a un niño: "Ahora estoy más contenta. Sé que estás aquí. Ahora vete allá con las mujeres y con Juan. Tenéis necesidad de descanso y alimento. Vete. Y sé bueno..."., Cfr. Ob. Cit. "El Hombre-Dios", Vol. V, III Parte, Cap., 35., Págs. 635 - 642.
¿La Santa Madre en las Horas de Luto por su Hijo?
"Cuando se acabó el sábado, Juan vino con las santas mujeres, lloró con ellas, y las consoló. Se fué poco después; entonces Pedro y Santiago el Menor vinieron a verlas con la misma intención, pero estuvieron poco con ellas.
Las Santas mujeres: mostraron otra vez su dolor envolviéndose en sus mantos y sentándose en la ceniza.
Mientras la Virgen Santísima oraba interiormente, llena de un ardiente deseo de ver a Jesús, un ángel vino a decirle que fuera a la pequeña puerta de Nicodemo, porque el Señor estaba cerca.
El Corazón de María se inundó de gozo: se envolvió en su manto, y dejó a las santas mujeres sin decir a nadie nada. La ví ir de prisa a la puerta pequeña de la ciudad por donde había entrado con sus compañeras al volver de sepulcro.
Podían ser las nueve de la noche: la Virgen se acercaba a pasos precipitados hacia la puerta, cuando la vi pararse en un sitio solitario. Miró a lo alto de la muralla de la ciudad, y el alma del Salvador resplandeciente bajó hasta María, acompañada de una multitud de almas de Patriarcas.
Jesús, volviéndose hacia ellos, y mostrando a la Virgen, dijo: "¡María, mi Madre!". Pareció que la abrazaba, y desapareció. La Virgen se arrodilló y besó la tierra en el sitio donde había aparecido.
Sus rodillas y sus pies quedaron impresos sobre la piedra, y se volvió llena de un consuelo inefable a las santas mujeres, que encontró ocupadas en preparar ungüentos y aromas.
No les dijo lo que había visto, pero sus fuerzas se habían renovado; consoló a las otras, y las fortaleció en la fe. Cuando María volvió, vi a las santas mujeres cerca de una mesa larga, cubierta con un paño que llegaba al suelo"., Cfr. "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Tomo IV, Libros I y IX, Capítulo LXI, Págs., 191-192, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
"Pronto vi el Sepulcro del Señor; todo estaba tranquilo alrededor; había seis o siete guardias de pie, o sentados. Casio está siempre en contemplación.
El santo Cuerpo, envuelto en la mortaja y rodeado de Luz, reposaba entre los ángeles que yo había visto constantemente en adoración a la cabeza y a los pies del Salvador, desde que se le puso en el sepulcro.
Esos ángeles parecían sacerdotes; su postura y sus brazos cruzados sobre el pecho me recordaban los querubines del Arca de la Alianza, mas no les vi alas ( Ver la misma opinión de los Pastores de Fátima, etc. Los resplandores de Luz se confunden por alas).
Quizás la luz y la presencia de los ángeles eran visibles para Casio, pues estaba en contemplación delante de la puerta del Sepulcro como quien adora al Santísimo Sacramento.
Vi el alma del Señor, acompañada de las almas de los Patriarcas, entrar en el sepulcro por medio del peñasco, y mostrarles todas las heridas de su sagrado Cuerpo.
( Dios adornó a nuestros primeros padres con cuatro dones preternaturales muy excelentes. Dos se refieren al alma: la ciencia y la integridad; y dos al cuerpo: la inmunidad y la inmortalidad: Los Cuerpos Glorificados pueden traspasar aún la misma Materia y vivir en la Eternidad sin enfermedades, etc. Estos dones eran permanentes y transmisibles. De manera que si Adán y Eva no hubieran pecado, todas las personas nacerían en estado permanente de gracia y glorificando a Dios, Uno y Trino permanentemente).
"La mortaja se abrió, y el cuerpo apareció cubierto de llagas; era lo mismo que si la Divinidad que habitaba en él hubiese mostrado a esas almas de un modo misterioso toda la extensión de su martirio.
Me pareció transparente, y se podía ver hasta el fondo de sus heridas. Las almas estaban llenas de respeto mezclado de terror y de viva compasión. Las Santas Mujeres temían temían a los enemigos de Jesús; pero la Virgen, las tranquilizó, diciéndoles que podían descansar.
Serían las once de la noche cuando la Virgen, llevada de amor y por un deseo irresistible, se levantó, se puso un manto pardo, y salió sola de su casa. Corrió todo el camino de la Cruz.
Fue así hasta el Calvario, y conforme se iba acercando, se paró de pronto. Vi a Jesús con su sagrado cuerpo aparecerse delante de la Virgen, precedido de un ángel, teniendo a ambos lados a los dos ángeles del sepulcro, y seguido de una multitud de almas libertadas.
El Cuerpo de Jesús estaba resplandeciente; yo no veía en Él ningun movimiento; pero salió de Él una voz que anunció a su Madre lo que había hecho en el limbo, y le dijo que iba a resucitar y a venir a ella con su cuerpo transfigurado, que debía esperarle cerca de la piedra donde se había caído en el Calvario.
La Virgen se fué a arrodillar al sitio que le había sido designado. Los ángeles recogían todas las partes de su sustancia sagrada que le habían sido arrancadas.
Me pareció después que el cuerpo del Señor reposaba otra vez en el sepulcro, y que los ángeles le restituían de un modo misterioso todo lo que los verdugos y los instrumentos del suplicio le habían arrancado.
Cuando el cielo comenzó a relucir al Oriente, vi a Magdalena, María, hija de Cleofás, Juana Chusa y Salomé, salir del Cenáculo. Llevaban aromas y una de ellas una luz encendida"., Cfr. "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Tomo IV, Libros I y IX, Capítulo LXIII, Págs., 193 y 194, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
¿El Salvador Resucitado se apareció a su Santa Madre?
"Vi como una Gloria Resplandeciente entre dos ángeles vestidos de guerreros: era el alma de Jesús, que penetrando por la roca, vino a unirse con su cuerpo Santísimo.
Vi los miembros moverse, y el cuerpo del Señor, unido con su Alma y con su Divinidad, salir de su mortaja, radiante de Luz. Me pareció que en el mismo instante una forma monstruosa salió de la tierra, debajo de la peña. Vi en la mano del Salvador resucitado una bandera flotante.
Pisó la cabeza del dragón, y pegó tres golpes en la cola con su palo; después el monstruo desapareció. Jesús, resplandeciente, se elevó por medio de la peña.
La Tierra tembló; un ángel parecido a un guerrero se precipitó del Cielo al sepulcro como un rayo; puso la piedra a la derecha, y se sentó sobre ella. Los soldados cayeron como muertos.
Casio, viendo la luz brillar en el Sepulcro, se acercó, tocó los lienzos solos, y se retiró con la intención de anunciar a Pilatos lo sucedido. Sin embargo, esperó un poco, porque había sentido el terremoto, y había visto al ángel echar la piedra a un lado y el sepulcro vacío, mas no había visto a Jesús.
En el momento en que el ángel entró en el sepulcro y la tierra tembló, el Salvador resucitado se apareció a su Madre en el Calvario.
Estaba hermoso y radiante. Su vestido, parecido a un manto, flotaba tras de Sí, y parecía de un blanco azulado, como el humo visto al Sol.
"Sus heridas estaban resplandecientes; se podía meter el dedo en las aberturas de las manos: salían rayos de la palma de la mano a la punta de los dedos.
Las almas de los Patriarcas se inclinaron ante la Madre de Jesús. El Salvador mostró sus heridas a su Madre, que se prosternó para besar sus pies; mas Él la levantó, y desapareció.
Se veian relucir faroles a los lejos, cerca del Sepulcro, y el horizonte se esclarecía al Oriente encima de Jerusalén"., Cfr. "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Tomo IV, Libros I y IX, Capítulo LXIV, Págs., 195 y 196, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
¿La Cena Eucarística, Tomás y la Virgen María?
San Juan 20, 24 - 29.
"Vi a María Santísima, a Magdalena y a otra mujer que se disponían a entrar en la Sala (del Cenáculo). Pedro y Juan les salieron al encuentro. Las puertas del patio y las que daban a la calle estaban cerradas.
En los espacios de la sala lateral había muchos discípulos de Jesús. Al entrar María Santísima y la Magdalena, cerraron las puertas y se dispusieron para la oración.
Los apóstoles oraron de nuevo hincados delante del Santísimo. Vi que hablaban como si quisieran ir hacia el Mar de Tiberíades y repartirse por los pueblos de esa región. De pronto se vieron sus rostros como esclarecidos y transformados por la presencia del Señor.
Vi en ese momento al Señor, resplandeciente, venir por el patio. Llevaba vestidura blanca y cinturón de igual color. Se acercó a la puerta de la antesala, que se abrió y se volvió a cerrar detrás de Él. Los discípulos se apartaron dando lugar al Señor.
Jesús avanzó rápidamente y se colocó junto a Pedro y a Juan, los cuales se retiraron, cediéndole el lugar del medio. Su modo de caminar no era como el andar acostumbrado de los hombres ni tampoco de fantasma.
Me recordó a un sacerdote que avanza sereno y grave en medio de los fieles, que están respetuosos a ambos lados y le dejan paso.
De pronto todo era en la sala brillante. Jesús estaba rodeado de resplandor. Los apóstoles se retiraron, pues, de otro modo, estando dentro de esa luz, no lo hubieran podido contemplar. Jesús dijo: "¡La paz sea con vosotros!".
"Después de esto se acercó a la lámpara y todos se agruparon en torno de Él. Tomás, muy avergonzado en la presencia del Señor, se había retirado algo más atrás.
Jesús tomó con su mano derecha la mano derecha de Tomás e introdujo el dedo índice de Tomás en la llaga de su mano izquierda. Luego tomó la mano izquierda con si izquierda, introduciendo el dedo pulgar del apóstol en su llaga derecha.
Después con su mano derecha volvió a tomar la derecha de Tomás y, sin descubrir su pecho, pasó la mano de Tomás debajo de su vestidura, introduciendo el dedo índice y el medio del apóstol en la llaga de su costado derecho. Dijo unas palabras mientras hacía esto.
Tomás cayó como desmayado. Los presentes lo sostuvieron y Jesús lo levantó con su divina mano.
A la Virgen Santísima la vi durante esta acción como fuera de sí por el éxtasis, silenciosa y recogida. Volviéndose a todos los presentes les dijo que quería dejarles a Pedro como jefe, aún cuando éste le había negado.
Añadió que debía ser pastor del rebaño y habló del ardor de Pedro. Veo a Pedro hincado, delante del Señor, que le da un bocado redondo, como un panecillo; el bocado brillaba.
No era todavía el Espíritu Santo, que vino sobre él en Pentecostés. Jesús le impuso también sus manos y le comunicó un poder sobre los demás. Pedro dirigió la palabra a los demás en su nueva dignidad.
Recuerdo que dijo, que Jesús sostuvo durante diez y ocho horas los desprecios y las villanías de todo el mundo.
Cuando Pedro comenzó a hablar, Jesús ya había desaparecido. No he visto que Jesús haya hablado con su Madre ni con Magdalena en esta ocasión"., Cfr. "Desde la Resurrección de Cristo hasta la Asunción de María", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Tomo IV, Libros I y IX, Capítulo V, Págs., 221 - 225, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
¿Grandeza y dignidad sin igual de Nuestra Señora?
"Vi a todos los apóstoles, con veinte discípulos, orando bajo la lámpara en la sala del Cenáculo. Estaban presentes la Virgen María, las santas mujeres, Lázaro, Nicodemo, José de Arimatea y Obed.
Terminada la oración, el apóstol Juan habló a los apóstoles, y Pedro a los discípulos. Hablaron ambos de una manera misteriosa acerca de sus relaciones con la Madre de Dios y lo que Ella debe ser para ellos.
Mientras duraba esta enseñanza de ambos apóstoles, que hicieron por orden de Jesús, he visto a la bienaventurada Virgen con un manto luminoso y amplio. A la Virgen no la he visto en persona durante este tiempo, aunque había estado rezando fuera de la sala.
Recibí la íntima persuación de que María era la cabeza verdadera de esa comunidad, su templo y su todo. Creo que fué una aclaración de lo que María debía ser en lo futuro en la Iglesia, según la Voluntad de Dios.
Hacia las nueve vi una comida en el vestíbulo. Todos los presentes tenían vestidos de fiesta y la Virgen los de su boda. Durante la oración, en cambio, estaba con un manto blanco y el velo.
Esta vez vi a María entre Pedro y Juan, sentada a la mesa. Rezaron de rodillas delante del Santísimo descubierto.
Cuando hubo pasado la medianoche vi que María recibía la comunión de manos de Pedro, hincada delante del Santísimo. María se retiró luego a una pequeña casita, a la derecha de la entrada al patio del Cenáculo, donde tenía su habitación.
"Dentro ya, oí que cantaba el Manificat, el Canto del Benedicite de los tres jóvenes en el horno de Babilonia y el Salmo 130; rezó todo esto de pie. El día empezó a clarear cuando Jesús entró a puertas cerradas.
Habló largo tiempo con María; díjole que asistiese a los apóstoles y lo que Ella debía ser para ellos. Dióle potestad sobre toda la Iglesia; le dió su misma fuerza y potestad, su protección: era como si Él mismo le diese su luz y la penetrase toda con su Persona.
Los discípulos hicieron una especie de corredor con telas y alfombras desde el patio al Cenáculo, para que pudiera la Virgen ir desde su habitación al lugar del Santísimo y al Coro donde cantaban y rezaban los apóstoles.
Juan habita cerca de la celda de la Virgen. Cuando Jesús se le apareció en su celda, he visto que rodeaba su cabeza una corona de estrellas; lo mismo he visto cuando recibía la comunión.
Tuve el conocimiento de que todas las veces que comulgaba María, permanecían las especies sacramentales de una comunión a la otra, de modo que siempre adoraba a Jesucristo presente sacramentalmente en su corazón.
Durante la persecución, después de haber sido apedreado San Esteban, hubo un tiempo en que los apóstoles no pudieron consagrar. Pero la Iglesia no quedó sin el Santo Sacramento, pues estaba vivo en el Tabernáculo de la beatísima Virgen María.
Entendí también que esta gracia singular era propia sólo de María Virgen Santísima. ( Por eso es una verdadera Lástima ver a muchos HUERFANOS en todo el Orbe de la Santa Madre de Dios)"., Cfr. "Desde la Resurrección de Cristo hasta la Asunción de María", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Tomo IV, Libros I y IX, Capítulo XIII, Págs., 237 - 239, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
¿La Madre de Dios en los postreros días antes de la Ascensión?
"En el penúltimo día antes de su Ascensión, he visto, a Jesús con cinco de sus discípulos venir desde el Este hacia Betania, adonde también se dirigía, María con otras santas mujeres desde Jerusalén.
En la casa de Lázaro querían verle aún una vez y despedirse de Él. Cuando Jesús llegó, dejaron entrar a todos estos discípulos y cerraron las puertas. Jesús tomó, de pie, con los apóstoles, algún alimento, y como viera que lloraban amargamente porque los iba a dejar, les dijo, indicando a María: "¿Por qué lloráis, queridos hermanos?...Mirad...cómo Ella no llora?".
María estaba con las santas mujeres cerca de la entrada de la Sala. Jesús salió de la sala; luego hizo señal de que iba a alejarse. Entonces se acercó humildemente María su Madre para hacerle una petición.
Vi que Jesús le tendió la mano y le dijo que no podía concederle lo que ahora pedía.
María dió gracias con humildad y se retiró tranquila. Jesús y los suyos marcharon en cuatro grupos. Nicodemo y José de Arimatea habían preparado una comida, que tuvo lugar en el vestíbulo del Cenáculo.
Cuando Jesús se acercó con sus apóstoles a la Mesa, María Santísima, Nicodemo y José de Arimatea lo recibieron a la entrada.
Jesús bendijo el pescado, los panes y las hierbas. A su Madre, que estaba al frente de las santas mujeres, le tendió la mano"., Cfr. "Desde la Resurrección de Cristo hasta la Asunción de María", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Tomo Cuarto, Libros I y IX, Capítulo XV, Págs., 242 - 243. Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
¿La Madre de Dios durante la Ascensión de Jesús al Cielo?
Los Hechos 1, 11.
"La noche anterior a su gloriosa Ascensión he visto a Jesús con su Santísima Madre y los once en la sala interior del Cenáculo. En la Sala estaba la mesa de la última Cena con los panes de Pascua y el cáliz, debajo de la lámpara encendida.
Los apóstoles estaban con sus vestiduras de fiesta. María Santísima estaba frente a Jesús, el cual consagró pan y vino como lo hizo el Jueves Santo. El santo sacramento lo he visto entrar en las bocas de los apóstoles como un cuerpo resplandeciente.
Jesús volvió a dar la potestad a Pedro sobre los demás. Jesús presentó a María Santísima como Madre de ellos, intercesora y medianera. Luego dio la bendición a Pedro y a los demás, que la recibieron con profunda reverencia.
Cuando clareaba Jesús salió del Cenáculo con los once; María los siguió muy de cerca, y el grupo restante a corta distancia. Atravesaron las calles de Jerusalén: todo era silencio y quietud.
Jesús retomó el camino del calvario, pero no llegó hasta él, sino que, rodeando la ciudad, se dirigió al Huerto de los Olivos. Del huerto subió al Monte de los Olivos.
Jesús aparecía cada vez más resplandeciente; sus pasos eran más apresurados. Desde el cielo descendió un cerco de luz, que formó como un arco-iris de varios colores. Los espectadores lo contemplaban como deslumbrados. Jesús brillaba más vivamente que la gloria que lo envolvía.
"Jesús púsose la mano izquierda sobre el pecho y con la mano derecha bendijo, volviéndose a todos lados, al mundo entero. La muchedumbre permaneció en silencio: los he visto a todos bendecidos.
No, con la palma de la mano, sino como lo hacen los Obispos. Desde ese momento la luz que descendía del cielo se unió con el resplandor de Jesús, y he visto el brillo de su cabeza como fundirse en una luz con la del cielo y desaparecer en lo alto de los cielos. Parecía como si un sol entrara en otro sol.
El día parecía nublado al lado de esa luz sobrenatural. Cuando ya no pude ver más su cabeza resplandeciente, seguí viendo sus pies, hasta que desapareció completamente dentro de la gran luz y resplandor.
Innumerables almas he visto venir y entrar dentro de ese resplandor del Señor y desaparecer luego con Él. No puedo decir que lo haya visto desaparecer empequeñeciéndose a nuestros ojos a la distancia, sino que desapareció de entre la luz que lo circundaba desde arriba.
Desde esa nube luminosa descendió un rocío de luz sobre todos los presentes. Los apóstoles y discípulos, que estaban más cerca de Él, no pudiendo ya soportar tanta luz, quedaron como cegados, y miraban hacia abajo, y muchos se echaron de cara a tierra.
María Santísima estaba detrás, junto a ellos, y miraba tranquila hacia arriba. Yo he visto dentro de esta nube dos figuras resplandecientes, con blancas y largas vestiduras y báculos en la mano, al modo de los profetas.
Hablaron a los presentes. Después de estas palabras desaparecieron los ángeles.
Los apóstoles y discípulos se encontraron solos, y consoláronse empero, ante la presencia tranquila y suave de la Virgen María"., Cfr. "Desde la Resurrección de Cristo hasta la Asunción de María", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Tomo IV, Libros I y IX, Capítulo XVI, Págs., 245 - 249, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
¿Nuestra Señora en el Gran día de Pentecostés?
Los Hechos 2, 1 - 21.
"Toda la Sala del Cenáculo estaba, la víspera de la fiesta, adornada con plantas en cuyas ramas se colocaron vasos con flores. Frente a Pedro, cerca de la entrada del vestíbulo, estaba María cubierta con el velo, y detrás de ella, las otras santas mujeres.
Los apóstoles hallábanse en dos hileras, a ambos lados de la sala, con el rostro vuelto hacia pedro. Detrás de los apóstoles, en las salas laterales, estaban los discípulos de pie, para formar el coro en el canto y en la oración.
Cuando Pedro bendijo los panes y los distribuyó, primero a María Santísima, luego a los apóstoles y discípulos, cada uno le besaba la mano. La Virgen Santísima también lo hizo.
Estaban presentes en la sala del Cenáculo ciento veinte personas, sin contar a las santas mujeres. A medianoche se sintió una conmoción extraordinaria en toda la naturaleza.
Hacia la mañana he visto como una nube resplandeciente sobre la sala del Cenáculo. Impulsada por un viento impetuoso, descendió sobre el Cenáculo y con el zumbido del viento se tornó más brillante.
De pronto partieron rayos que se deshacían hacia abajo en gotas como de fuego. Apareció una figura luminosa y movible que tenía unas alas a modo de rayos de luz.
En ese momento estuvieron la casa y los contornos llenos de luz y de resplandor. Los presentes estaban arrebatados; levantaron sus cabezas a lo alto.
En la boca de cada uno de ellos entraron torrentes de luz como lenguas de fuego. He visto que estas llamas descendían sobre cada uno de los presentes en diversas formas, colores y cantidad.
"Después de esta lluvia maravillosa estaban todos reanimados, ardorosos, como fuera de sí por el gozo, llenos de santo arrebato.
Todos rodearon a María Santísima, a la cual vi durante este tiempo tranquila, en santo recogimiento. En todos había una nueva vida, llena descontento, de confianza y santa audacia.
Se reunieron en oración y dieron gracias a Dios muy conmovidos. Mientras tanto la luz había desaparecido.
La Virgen María llevaba en estas ocasiones, y siempre que aparecía delante de los apóstoles en su dignidad de Madre de la Iglesia, un gran manto blanco, un velo amarillo y dos cintas de color azul celeste que desde la cabeza caían a ambos lados hasta el suelo: estaba adornado de bordados y sobre la cabeza sujeto con las cintas por una corona de seda"., Cfr. "Desde la Resurrección de Cristo hasta la Asunción de María", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Tomo IV, Libro II y X, Capítulo XVII, Págs., 250 - 252, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
Los Hechos 1, 12 - 14.
"Despidióse Cristo nuestro bien de su beatísima Madre y se volvió a la diestra de su eterno Padre. Y luego inspiró en el corazón de su vicario San Pedro y los demás que ordenasen todos el Símbolo de la fe Universal de la Iglesia. Y con esta moción fueron a conferir con la divina Maestra las conveniencias y necesidad que había en esta resolución.
Determinóse entonces que ayunasen diez dias continuos y perseverasen en oración, como lo pedía tan arduo negocio, para que en él fuesen ilustrados del Espíritu Santo. Cumplidos estos diez días, y cuarenta que la Reina trataba con el Señor esta materia, se juntaron los doce apóstoles en presencia de la gran Madre y Maestra de todos, y San Pedro les hizo una plática.
Aprobaron todos los apóstoles esta proposición de San Pedro, y luego el mismo Santo celebró una misa y comulgó a María Santísima y a los otros apóstoles, y acababa se postraron en tierra, orando e invocando al divino Espíritu, y lo mismo hizo María Santísima.
Y habiendo orado algún espacio de tiempo, se oyó un tronido como cuando el Espíritu Santo vino la primera vez sobre todos los fieles que estaban congregados y al punto fue lleno de luz y resplandor admirable el cenáculo donde estaban y todos fueron ilustrados y llenos del Espíritu Santo.
Y luego María Santísima les pidió que cada uno pronunciase y declarase un misterio, o lo que el Espíritu divino le administraba. Comenzó San Pedro y prosiguieron todos en esta forma:
"San Pedro: Creo en Dios Padre, Todopoderoso, Criador del Cielo y de la Tierra. San Andrés: Y en Jesucristo su único Hijo Nuestro Señor. Santiago el Mayor: Que fue concebido por Obra del Espíritu Santo, nació de María Virgen. San Juan: Padeció debajo del poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado.
Santo Tomás: Bajó a los infiernos, resucitó al tercero día de entre los muertos. Santiago el Menor: Subió a los Cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso. San Felipe: Y de allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. San Bartolomé: Creo en el Espíritu Santo.
San Mateo: La Santa Iglesia Católica, la comunión de los Santos. San Simón: El perdón de los pecados. San Tadeo: La resurrección de la Carne. San Matías: La vida perdurable. Amén.
Y para mayor confirmación y ejemplo de sus fieles, se puso de rodillas la prudentísima Maestra a los pies de San Pedro y PROFESO la santa fe católica como se contiene en el Símbolo que acabaron de pronunciar"., Cfr. "Mística Ciudad de Dios", Venerable Sor María de Jesús de Agreda, Tercera Parte, Libro VII, Capítulo XII, Nº.s.:215, 216, 217 y 218; Págs., 1224 a 1226. Con Aprobación Eclesiástica.
¿Nuestra Señora participa de la primera Misa oficiada por el Papa San Pedro?
"Al Octavo día después de la fiesta de Pentecostés he visto a los Apóstoles toda la noche en actividad y en oración en la Sala del Cenáculo. Al amanecer, los vi ir al templo con muchos discípulos.
Allá se dirigió también la Virgen María con las santas mujeres. Veo a Pedro, enseñando delante de muchos oyentes. Ocupó el sillón donde Jesús enseñó. Hacia las ocho de la mañana abandonaron el templo, se ordenaron en una procesión, y marcharon los apóstoles primero.
La Virgen María había abandonado el templo con las santas mujeres y está ahora hincada delante del Santísimo, en el Cenáculo, en oración.
Cuando la procesión llegó al Cenáculo, Pedro y Juan entraron y acompañaron a la Virgen María hasta la puerta del vestíbulo.
María tenía su vestido de solemnidad. Pedro habló a los convertidos y los entregó a María como a su Madre: los hacía venir de a grupos de a veinte ante la Virgen, la cual les daba afectuosamente la bendición, recibiéndolos así por hijos. Después de esto comenzó una solemne función en el Cenáculo.
Pedro estaba revestido con sus ornamentos de Obispo y celebraba la Misa; Juan y Santiago el Menor le ayudaban.
He visto que Pedro procedía como yo había observado en la Cena a Jesús en la institución del Santísimo Sacramento.
Cuando Pedro hubo comulgado, dio la comunión a los dos ministros, bajo la especie del pan y con el cáliz. Después Juan dió la comunión, primero a la Virgen María, luego a los apóstoles y a los seis discípulos, quienes recibieron a continuación la ordenación sacerdotal.
"Después distribuyeron la comunión a muchos otros. Los comulgantes se hincaban teniendo delante una tela blanca delgada que sostenían dos por los extremos de la misma. No todos bebieron del cáliz.
Los seis discípulos que iban a ser ordenados estaban delante, entre los apóstoles. María trajo los ornamentos para ellos y los puso sobre el altar. Estos ordenados fueron: Zaqueo, Natanael, José Barsabás, Bernabé, Juan Marcos y Eliud un hijo del anciano Simeón.
Se hincaron delante de Pedro, el cual habló y leyó en un rollo pequeño. Juan y Santiago tenían luces en las manos y ponían sus manos sobre los hombros mientras Pedro las ponía sobre la cabeza. Pedro les cortó una parte de sus cabellos.
Los ungió con Óleo de un recipiente que Juan sostenía, en los dedos y en la cabeza; luego recibieron las vestiduras y la estola, en parte al través bajo los brazos y en parte cruzada sobre el pecho.
Pedro bendijo a toda la Comunidad al fin de la ceremonia con el gran Cáliz de la última Cena, sobre el cual estaba depositado el Santísimo Sacramento ( Santo Cáliz hoy en la Catedral de Valencia, España ).
María y las santas mujeres salieron para ir a la iglesia de Bethesda. María oró delante del altar del Santísimo y Pedro predicó desde el púlpito dando normas para la nueva comunidad: que nadie tenía que poseer más que otro, que todo se repartiría y que debía socorrerse a los pobres que fueran viniendo.
Después se`pasó a los bautismos. Pedro, que se había puesto una especie de delantal sobre su vestidura, dirigía el agua sobre la cabeza tres veces, pronunciando las palabras.
A menudo veía yo descender sobre los bautizados una nube luminosa o un rayo de luz. Por la tarde hubo una comida en el vestíbulo del Cenáculo a la cual asistieron la Virgen María, José de Arimatea, Nicodemo y Lázaro"., Cfr. "Desde la Resurrección de Cristo Hasta la Asunción de María", Beata Sor Ana Catalina Emmerick, Capítulo XIX, Tomo IV, Libros II y X, Págs., 258 a 260, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
La Santísima Virgen María estaba exenta de la corrupción original, gracias a la Inmaculada Concepción. Por tanto, le fue siempre difícil a Satanás tentarla, molestarla o atacarla.
San Juan nos hace comprender muy bien el odio del Infierno contra María de Nazaret ó la Santa Madre de Nuestro Señor Jesucristo, la victoria de la Madre de Dios sobre el mal y el secreto de esta victoria de la Madre en la Santa Iglesia Católica por varios Siglos ya.
Vamos a referir con rapidez las guerras libradas por la Corte Infernal contra la Madre de Dios. Santa como su divino Hijo, María debía asemejársele en todas las cosas.
La tentación no podía salir del interior de María de Nazareth, tan pura, tan perfecta y llena de Virtudes y Dones. Debía, pues, venir de fuera: de los ángeles caídos ó de los demonios, de las personas poseídas por los demonios y por las que ya estaban condenadas por una eternidad en las Cavernas Infernales por su mala vida y libertad.
Todas estas criaturas estuvieron impotentes, lo están y estarán impotentes ante Jesús y su Santa Madre. Amén.
"El pensamiento de perseguir a las mujeres santas y hacerlas pecar, era en Satanás una obsesión.
Bien pronto las buscaba después de nacidas, observando con cuidado si ellas daban señales de gran virtud. Si les arrancaba en su infancia la menor falta, dábase por asegurado y decía: -Esta no me quebrantará la cabeza. No se descuidó en obrar de esta suerte con la niña María.
"En casa de Santa Ana su madre, primero, y después de su entrada en el Templo la había solicitado al mal. Habiendo sido inútiles todos sus esfuerzos, Satanás quedóse desasosegado.
Reunió a los demonios en el infierno, y les confió sus temores sobre la Niña María, en la que brillaba una perfección tan extraordinaria para su edas. Fuéronse entonces en gran número al Templo, aunando, bajo la dirección de Lucifer, sus esfuerzos para vencer a María.
Escogieron el momento de sus penas interiores, causadas por la privación de las luces y de los sentimientos de amor divino que había gozado desde su Inmaculada Concepción.
Hemos dicho que esta privación había durado diez años. Fué para María un gran martirio. Como estaba abrumada bajo el peso de esta tristeza, los espíritus infernales presentaron a su imaginación toda suerte de malos pensamientos, contrarios a las virtudes teologales y morales ( P. I, 1. II, c. XVIII, nº. 698).
María, extrañada de estos pensamientos tan extraños, refugióse en oración. Humillóse ante Dios llamándole en su Auxilio.
Los demonios sintiéronse vencidos. Bien podían excitar contra la Virgen Santísima, a sus compañeras, y ocasionarla una larga, humillante y cruel persecución.
No sirvieron sino para hacer brillar más su paciencia, su dulzura, su obediencia y su heroica caridad. Cansados de luchar, debieron retirarse y dejar en paz a esta niña.
Entonces Dios la recompensó devolviéndole las antiguas consolaciones espirituales"., Cfr. "María Manifestada a sus Hijos", Según las Revelaciones de la Venerable Sor María de Agreda en la -Mística Ciudad de Dios-, por el Pbro. Ludovico de Besse, Tercera Parte, Págs., 296 y 297, Extractos, Con Nihil Obstat, Imprímase y Licentia, Francia ( 1917).
¿Las batallas libradas por Satanás contra la Virgen María 02?
"Después todas las legiones se reunirían para espantar a la Virgen Santísima, empleando todos los medios que podían inspirar a los hombres espanto, porque si conseguían turbarla les sería más fácil hacerla caer en sus tentaciones.
Algunas veces Dios les deja libertad para herir a los hombres. No la tuvieron con la Santísima Virgen. Jamás se les permitió tocarla. Pero tuvieron todos los otros permisos, y ellos los usaron. La casa de Nazaret fué sacudida por ellos violentamente como si fuera a desplomarse por un terremoto.
Llenáronla de fuego y azufre para sofocar a María. Al mismo tiempo sus espantosos rugidos hubieran herido de muerte a todos los habitantes de Nazaret, si llegaran a oirlos. No lo permitió Dios. Sólo la Virgen Santísima los oyó.
También María sola se vió rodeada por una porción de hediondas bestias que la amenazaban. En medio de todos estos horrores la Virgen Santísima estuvo serena, tranquila, imperturbable.
Es cuando empezaron los ataques particulares de cada legión ( Con la Soberbia, Avaricia, Lujuria, Ira, Gula, Envidia y Pereza ). Hagamos aquí algunas observaciones importantes.
Primero los espíritus infernales ignoraban por completo el hecho de la Encarnación y de la Maternidad divina. Tampoco conocían el privilegio de la Inmaculada Concepción de María, y su exención del pecado original.
"Demos un ejemplo de estas tentaciones particulares. Lo demonios del orgullo, los de la primera legión, presentaron en el espíritu de María todos los pensamientos que hubieran podido conducirla a mirarse y a complacerse en sí misma.
Respondió María humillándose un poco más en su nada, con siderándose polvo y ceniza, despreciable gusanillo. De repente estos seres perversos se transformaron en ángeles de luz, y llegándose a la divina Madre decían: "¡Venciste, venciste; fuerte eres, y venimos a asistirte y premiar tu invencible valor!" ( P.II, 1.III, C. XXVII, Nº.343 ).
Lucifer en este momento se creyó tener la llama del genio. Se atrevió a decir a la Virgen: "Quería hacerla un exquisito favor, que era elegirla en nombre del Señor por Madre del Mesías".
Oyendo esta palabra, María debió de experimentar el sentimiento de un gran desprecio por el padre de la mentira.
¿Por ventura estaba en su poder ofrecer a una mujer cualquiera la Maternidad divina? ¡Y Que ridícula necedad que prometer este honor a la que ya era Madre de Dios, que llevaba en sus entrañas al Verbo encarnado! Cuando las siete legiones de espíritus infernales fueron rechazados con pérdidas en cada uno de sus ataques particulares ( Por medio de la humildad, la largueza, la castidad, la paciencia, la templanza, la caridad y la diligencia sobre-abundante de la Madre de Dios), reuniéronse para librar contra María un asalto general"., Cfr. "María Manifestada a sus Hijos", Según las Revelaciones de la Venerable Sor María de Agreda en la Mística Ciudad de Dios, por el Pbro. Ludovico De Besse, III Parte, Págs., 298 - 301, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
¿Las batallas libradas por Satanás contra la Virgen María 03?
"Entre los numerosos esfuerzos de este último combate, hubo la exposición de todos los errores, de todas las herejías que estos enemigos de Dios habían imaginado para turbar el espíritu de los hombres, alejarlos de su Creador y precipitarlos después en el vicio.
Esta batalla no podía durar siempre. Para poner un término, Nuestro Señor ordenó a María que usara de su autoridad de Madre de Dios y del poder que le daba esta gran dignidad. Por eso la Santísima Virgen, volviéndose hacia los demonios, les dijo tres veces estas palabras de San Miguel: "¿Quién como Dios, que tiene su morada en las alturas?".
Y dirigiéndose en seguida a Lucifer, añadió María: -Príncipe de las tinieblas, autor del pecado y de la muerte, en nombre del Altísimo te mando que enmudezcas, y con tus ministros te arrojo al profundo de las cavernas infernales, para donde estáis deputados, de donde no salgáis hasta que el Mesías prometido os quebrante y sujete, o lo permita" ( P. II, I. III, c. XXVIII, Nº.370 ).
No fue posible al demonio resistir a la autoridad de la Madre Dios. Desde entonces fue quebrantada la cabeza de Lucifer bajo la virginal planta de María, y quedaron en gran manera debilitadas sus fuerzas.
Serían nulas contra los cristianos, si no tuviéramos la imprudencia de sustraernos a la protección de la Santísima Virgen, para ir a entregarnos locamente en las manos de nuestros enemigos"., Cfr., "María Manifestada a sus Hijos", Según las Revelaciones de la Venerable Sor María de Jesús de Agreda en la Mística Ciudad de Dios, Por: el Pbro. Ludovico de Besse, Capítulo VIII, III Parte, Págs., 301 - 302, Extractos. Con Aprobación Eclesiástica.
¿Las batallas libradas por Satanás contra la Virgen María 04?
"Los demonios no pueden tentar a los hombres a merced de su malicia, y usando de todas sus fuerzas naturales. Si tuvieran esta libertad, bien pronto habrían hecho desaparecer la especie humana de la superficie de la tierra.
Cuando los demonios se pusieron a ejecutar sus negros designios contra la Iglesia naciente, ofrecióse en seguida María a Dios para sufrir en lugar de los fieles.
Dispuesta estaba a todo, a fin de asegurarles la paz. El Padre Celestial hizo entonces comprender a María cómo no era posible librar por completo de todas las pruebas a los apóstoles y a los discípulos.
Debían merecer sus coronas por el trabajo y el sufrimiento. No obstante, para consolar el corazón de esta Madre afligida, le permitió economizar la pena a sus hijos, entregándola aun a Ella misma a los furores de Lucifer, por manera que María pudo otra vez combatirle y vencerle.
Quiso Dios prepararla a este combate, colmándola de nuevo de los dones de fortaleza y de sabiduría necesarios.
A continuación de esto, Dios concedió a Lucifer la libertad de atacar de nuevo a la Virgen Santísima. Esto fué para este ser perverso una indecible alegría.
Cuando se hallaban cerca de María, Lucifer tenía mil dificultades, y jamás obtenía nada. Esta última batalla librada por el infierno contra la Madre de Dios fue verdaderamente horrible.
"Duró mucho tiempo. La Santísima Virgen había destruido el templo de Diana, lo cual llenó a los demonios de furor.
Disimulando su despecho, tomaron de nuevo la forma de ángeles de luz, y acercándose a María para adularla.
Estas adulaciones tan poco disimuladas, sirvieron de estímulo para excitar más la humildad de la Virgen ( P. III, 1. VIII, c. IV, nº. 452).
Semejante espectáculo fué para Lucifer y sus demonios un inaguantable suplicio. Retiráronse por algún tiempo, y María dió gracias muy reconocidas a Dios por esta primera victoria"., Cfr. "María Manifestada a sus Hijos", Según las Revelaciones de la Venerable Sor María de Jesús de Agreda en la Mística Ciudad de Dios, por el: Pbro. Ludovico de Besse, Capítulo IX, Págs., 303 - 307, Extractos (1917). Con Aprobación Eclesiástica.
¿Las batallas libradas por Satanás contra la Virgen María 05?
"Poco después, la Santísima Virgen y San Juan partieron de Éfeso y fueron a embarcarse.
En vista de esto, los demonios se regocijaron. Jamás habían tenido éxito para hacer morir a la Madre de Dios por la mano de ningún asesino. Grandes esperanzas concibieron de hacerla morir en un naufragio.
Valiéndose del poder que el Señor les había concedido sobre la naturaleza material, levantaron una horrenda tempestad. Sin cesar los ángeles de guarda de María debieron sostener milagrosamente el navío a fin de impedir que fuera hundido en los abismos formados por las elevadas olas.
¿En Éfeso y no en Jerusalén?













